Gran parte de la vida gira en torno a los recuerdos. Esos maravillosos momentos en los que nos sentimos seguros en el mundo, protegidos por nuestra familia. Pero también existe el momento en que se rompe el velo entre el refugio y el peligro, cuando recuerdos aterradores nos invaden, inundándonos con un dolor que anhela ser olvidado. Como la intrincada belleza de un nido de pájaro, forjado a lo largo de eones de memoria que ahora se manifiesta en este refugio para sus crías, aquí también existen amenazas. Pero la naturaleza tiene sus propios caminos, como cuando un intruso profana esos momentos y lugares sagrados. Del depredador a la presa, de los recuerdos benévolos a los horribles, cada uno es una parte necesaria de los ritmos de la vida, cada uno reclamando su propio tiempo y exigiendo que sus necesidades sean satisfechas. Es aquí, en esos momentos de intersección, donde la fuerza irruptiva de la memoria se encuentra con el férreo agarre de la negación. Y aquí comienza una tarea fundamental de nuestra labor clínica: ayudar a nuestros pacientes a comprender cómo han creado estos baluartes ilusorios de seguridad, para así poder contemplar lo inefable, donde los recuerdos maravillosos y aterradores conviven en nuestra alma. Michael Conforti
Las historias de estar perdido y la necesidad de encontrar el camino a casa siguen siendo una de las necesidades personales y arquetípicas más importantes de la humanidad. Las referencias al hogar son un motivo universal en cuentos de hadas y fábulas que habla de esta necesidad como una profunda necesidad interior. En estas historias, a menudo escuchamos cómo alguien se pierde en el bosque y debe aprender a escuchar a las criaturas encantadas del bosque que le muestran el camino a casa. Así también, buscamos ese hogar donde criar a nuestra familia, con la esperanza de que algún día escuchemos a nuestro hijo decir esas palabras reconfortantes: "¡Este es mi hogar!", palabras que sin duda nos derretirán el corazón. Y más adelante en la vida, buscamos un tipo de hogar muy diferente, quizás más pequeño, más cercano a nuestros hijos y nietos, donde comenzamos a vivir con la realidad de que este podría ser nuestro lugar de descanso final. Volver a casa tiene muchas formas. Una que nunca olvidaré son las últimas palabras de mi madre antes de morir, gritando: "Mamá, vuelvo a casa". Desde nuestra juventud hasta el final de la vida, nos aferramos a la sacralidad del hogar. Michael Conforti